17, may
El miedo al dolor en el parto y cómo afecta a su desarrollo. Importancia del parto natural. (II)
Este artículo consta de dos partes, ésta que es la segunda, y la primera, a la que podéis acceder desde aquí.

¿Es realmente posible un parto sin dolor?
La respuesta es sí, y también es no. El parto sin dolor es posible, pero muy difícilmente con el modelo obstétrico actual que tenemos en España. Como se expuso en el apartado anterior, el dolor surge como respuesta a una tensión que conlleva a la producción de adrenalina y a una disminución del aporte de oxígeno al útero, así como a una contracción tensionada de las fibras musculares del útero. La causa de esta tensión es el miedo al parto y al dolor, pero la misma tensión y producción de adrenalina también surge como consecuencia de no respetar los ritmos, circunstancias y demás requisitos que requiere el parto para transcurrir en condiciones fisiológicas normales. Se requiere de ambas cosas y es tan fácil que algo enturbie la labor de la mujer durante el parto, que es realmente difícil lograrlo. Por un lado, la madre debe desprenderse de sus miedos más profundos y confiar en su naturaleza de mujer, dadora de vida. Pero no como una forma de auto-justificación subjetiva sin base alguna, sino porque la mujer es una mamífera con toda la capacidad que la naturaleza le ha dado tras una evolución de millones de años para hacerlo de forma segura, y con toda una evidencia científica que lo respalda. Debe abstraerse de todos esos riesgos, esos miedos a si saldrá bien, seré capaz, olvidarse de las historias que le han contado, de todo, confiar, confiar y confiar… Debe ir al parto tan tranquila y tan feliz como cuando va a hacer el amor, tan concienciada de que el parto es una prolongación de esa experiencia sexual, que nada externo pueda enturbiar ese momento. Tan tranquila como cuando va a comer (que no piensa en las probabilidades que tiene de atragantarse y morir). Sintiendo que esa experiencia es algo tan natural como cualquier otra función fisiológica de su organismo, que no requiere ser supervisada constantemente por un equipo médico para hacerla de forma segura. Tranquila, porque parir de forma natural y sin intervencionismo médico, es seguro[1].
Pero por desgracia, este concepto del parto es difícil de arraigarlo en nuestra sociedad, así que, si quieres un parto sin dolor, antes debes trabajar estos aspectos y estar totalmente convencida, y por ello, buscar unas condiciones para dar a luz lo menos intervencionistas posible, lo más natural posible, lo más intimo posible. Como decía Odent, hay que parir en condiciones de seguridad e intimidad que permitan que nuestro neocórtex, el que nos hace humanos y nos mantiene en estado de alerta segregando adrenalina (bloqueando el parto y la producción natural de oxitocina) esté lo más relajado posible, para que nuestro cerebro primitivo y mamífero, pueda trabajar sin interferencias y orquestando el parto.
Laurie Morgan, una vez más, expone al respecto[30]:
No les resulta irónico y triste que muchas mujeres embarazadas se pasen durante todo el embarazo cuidándose de tomar muchas de las sustancias de uso común, tales como el café, la sal, el alcohol, la nicotina… y sin embargo, el día de su parto, el momento culminante de todo ese trabajo de cuidados, sean capaces, la mayoría de ellas, a dejarse sin más (y sin cuestionarse) aplicar fármacos para anular el dolor y someterse a un riesgo notable?[2] [...] Aunque es cierto que las mujeres no deben sufrir un parto doloroso como si fuesen mártires, por suerte, este asunto no es tan blanco o negro como “ponte la epidural o sufre”. […] Yo personalmente, jamás le diría a una mujer que aguantase una dolorosa tortura sólo para evitar el uso de fármacos como la epidural. Es precisamente lo opuesto, creo que todas las mujeres se merecen experimentar un parto gozoso y placentero que no requiere del uso de fármacos. […] y que sólo requiere conocer información precisa. Sólo el hecho de asumir que el parto es un hecho doloroso es suficiente para que el parto discurra con dolor. Es como una profecía que se auto-realiza, y lo cierto es que esa creencia es realmente difícil de erradicar de nuestra cultura, donde cada mujer comparte su historia de tortura con otras mujeres embarazadas, y en la que desde la televisión al cine, se nos bombardea constantemente con esta idea y se nos ofrece como norma un parto medicalizado.
[…] Algo que la ministra Joyce Meyer me enseñó al respecto de las creencias y del tiempo que lleva cambiarlas es que muchas de nuestras creencias negativas no son más que malos hábitos. Hay buenos y malos hábitos, por supuesto, y del mismo modo que lleva tiempo, repetición, práctica y duro trabajo entrar en la rutina de un determinado pensamiento negativo, generalmente también se requiere el mismo esfuerzo para salir de ello. Ella lo exponía con el siguiente ejemplo, el hábito de fumar: ¿No es cierto que cuando se empieza a fumar, con frecuencia te ahogas, toses, te dan nauseas y a menudo se requiere un tiempo para adquirir el hábito? Bien, pues del mismo modo que requiere un tiempo hacerse fumador, requiere un esfuerzo notable dejar serlo. Del mismo modo, deshacerse de ciertas creencias, como la del dolor en el parto, requiere un esfuerzo.
[…] El dolor es un síntoma de que algo no va bien, así que hay que buscar para cada caso, qué es lo que no está funcionando. […] El parto es una extensión de nuestra sexualidad y, por naturaleza, debe ser placentero. Y sin dolor, no quiere decir exento de sensaciones, que es lo que conlleva el uso de anestésicos. El parto se puede experimentar sin dolor pero repleto de sensaciones. Puedes experimentar a tu útero contrayéndose o a tu pelvis abriéndose como sensaciones fuertes y placenteras, pero nunca dolorosas. Es como cuando haces ejercicio y sientes a tus músculos trabajar, pero eso no implica sentir dolor. […] El útero fue creado para la misión que realiza y la pelvis para abrirse con el paso del bebé.
[…] Sólo el hecho de estar en un hospital en el que estás rodeado de personas que te miran, te tocan en tus partes más íntimas, te introducen tubos, cables y agujas, te dicen lo que debes hacer… Si ya resulta difícil imaginarse si uno sería capaz de comer bajo esas circunstancias, sin que se le revolviera el estómago, cómo pensar que es posible dar a luz sin experimentar dolor!
Cuando comienza un parto, las primeras ‘contracciones’ se sienten como pequeños pellizcos indoloros, podríamos decir que casi no duelen; en este momento es cuando la mujer debe de iniciar el viaje interior al <<planeta parto>>, desconectarse del mundo y conectarse con sus pulsiones y su deseo; y en lugar de retraerse por miedo al dolor –que todavía no ha llegado- hacer un acto corporal de entrega y de abandono: relajarse, abrirse y empujar. Creo que de este modo, las siguientes ‘contracciones’ ya no se percibirán ni siquiera como pellizcos, sino que sólo llegará la agradable sensación difusa de placer producida por el temblor del cervix.
Si por el contrario, como solemos hacer, nos dejamos llevar por el miedo y nos contraemos y nos encogemos, a la siguiente contracción los pellizcos se irán notando más y comenzarán a ser dolorosos, y empezaremos a recorrer la espiral del dolor: cuanto más dolor más retraimiento y encogimiento, y cuanto más encogimiento, más dolor... y así nos iremos moviendo en contra del parto; en lugar de coger el ritmo de los latidos, entrar en la espiral del placer y movernos a favor del parto.
Laurie Morgan, sugiere que, en general, cualquier técnica que ayude a relajarse y desconectar, tales como bailar suavemente, masajes, escuchar música relajante, ponerse calor, realizar sexo o masturbarse[3], llenarse de pensamientos positivos (me quiero, soy capaz, me merezco un parto gozoso, puedo tener un parto gozoso, voy a tener un parto fácil y placentero, etc.), practicar ejercicios y posturas relajantes, cambiar de posición y moverse libremente, seguir el instinto... Todo ello puede ayudar mucho a no focalizarnos en el pensamiento de dolor y a alejarlo de nuestras mentes.
Una opción altamente relajante y que beneficia muchisimo el parto, precisamente por esto es la de hacer uso del agua en el parto. El papel principal del agua es ayudar a la madre durante el periodo de dilatación y facilitar que adopte posturas instintivas y naturales, lo que le permite alcanzar un nivel óptimo de relajación. El agua en el parto es un método sencillo y eficaz que favorece que la mujer recupere su instinto biológico y que su sistema neuro-hormonal facilite el parto, con menos dolor, menos analgésicos y menos intervenciones médicas, al tiempo que permite que la mujer se aísle, se sienta en un clima más íntimo y seguro y reduzca su nivel de miedo y ansiedad. Cuando una parturienta se introduce en una bañera con agua caliente (con una temperatura de 37°C), se reduce la producción de adrenalina. Además, el ambiente acuático reduce la fuerza de la gravedad y la estimulación sensorial y aumenta la producción de endorfinas (neurotransmisores producidos por la glándula pituitaria responsables de disminuir las sensaciones dolorosas). El agua caliente, igualmente, relaja la musculatura de la madre y repercute en una respiración más tranquila. El ritmo y la intensidad de las contracciones disminuye, pero la dilatación es más rápida. La mujer consigue intimidad con el aislamiento sensorial que produce el baño de agua caliente, estando a oscuras y en silencio.
El primer parto dentro del agua del que se tiene noticia está registrado en 1803, en Francia, aunque existen pruebas concretas de que algunas culturas antiguas practicaban el parto en el agua: las egipcias daban a luz de esta forma a los bebés destinados a ser sacerdotes y sacerdotisas; y los indios Chusmash de la costa de California pasaban el trabajo de parto en los remansos de las mareas y bahías poco profundas a lo largo de la playa[31]. No obstante, no es hasta 1970 que el médico francés Michel Odent empezó a introducir a las parturientas en una bañera de forma sistemática. Descubrió que el uso de agua caliente en el parto era beneficioso puesto que disminuía el dolor y favorecía la dilatación cervical, sobre todo en aquellas mujeres con contracciones ineficaces[32]. Fue a partir de 1981, en Estados Unidos, cuando esta práctica empezó a popularizarse como opción alternativa para dar a luz. Casi 30 años después de los hallazgos de Odent, la práctica del parto acuático se ha extendido notablemente. Esta opción se sigue en el Reino Unido, Francia, Bélgica, Japón, EEUU, Australia y España, donde, cada vez más, se crean centros en donde tienen lugar este tipo de nacimientos. Según sus partidarios, es una iniciativa más humanizada y natural, ya que cada mujer da a luz a su propio modo y bajo sus instintos[31]. Existe evidencia científica de que la inmersión en agua durante la dilatación reduce la percepción del dolor en las parturientas, así como el miedo durante el parto[32-35].
Laurie Morgan apunta finalmente, que prepararse psicológicamente para no tener dolor antes del parto es como hacerse un seguro para el hogar, en realidad no protege la casa de un desperfecto, pero te genera tranquilidad. La preparación te va a ayudar a estar tranquila y no preocuparte por ese tema, a tener fe en el parto y en la sabiduría de tu cuerpo: “Nuestros cuerpos fueron diseñados para dar a luz con normalidad y contienen todo lo necesario para ello. No necesitamos nada más, ni medicalización ni instrumentalización de ningún tipo, ni ninguna otra actividad para dar a luz de forma placentera y gloriosa.”
Lo que en general es indiscutible es que la percepción del dolor es, en un amplio grado, una cuestión subjetiva del individuo y como decía Laurie Morgan, muy influenciada por la cultura y los hábitos aprendidos desde la infancia. Comenta David Morris en su libro “La cultura del dolor” que Mark Zborowski publicó en 1969 un curioso libro titulado “Gente con dolor”, en el que relató las actitudes que produjo el dolor en los veteranos de guerra[36]. Clasificó una muestra de pacientes por su origen étnico y formó cuatro grupos: irlandeses, judíos, italianos y estadounidenses viejos. El último grupo interpretaba el dolor como una amenaza de desempleo y de ruina económica, los irlandeses afirmaron que este síntoma no los aplastaba. Los judíos lo consideraban como un castigo por el pecado y los italianos lo veían como una prueba de fe y redención. Zborowski afirmó que la fisiología del dolor adquiere atributos culturales y sociales y su análisis no sólo requiere de investigación en el laboratorio y la clínica, sino también en el complejo laberinto de la sociología. La medicina constituye una poderosa cultura o subcultura que produce sus estereotipos, la descripción del cuerpo humano como si fuera una máquina explica lo equivocado del tratamiento del dolor en esta concepción, pues éste y la enfermedad siempre son artefactos culturales.
Zbrorowski perfila la idea de que hay una identidad cultural asociada al dolor, en tanto que uno aprende con sus progenitores y parientes cercanos cómo y cuando es apropiado expresar dolor, pero además hay una identidad étnica y un devenir histórico que pueden quedar registrados en la expresión del dolor. De hecho, la misma Asociación Internacional para el Estudio del Dolor define el dolor como la experiencia “sensorial” y “emocional” relacionada con el daño real o potencial de algún tejido, o que se describe en términos de algún daño. De esta definición se destaca que hagan distinción entre lo sensorial (percibido por los sentidos) y lo emocional (interpretado o valorado por el cerebro en función de experiencias previas y nuestra educación). Somos seres culturales en el padecimiento y el tratamiento del dolor.
Por otra parte, diferentes voces argumentan que los procesos de encefalización (mayor tamaño del cráneo fetal) y bipedismo (caminar sobre dos extremidades) asociados a la evolución del hombre han podido causar cambios anatómicos estructurales que dificulten el parto y sean la causa del dolor asociado a éste. La antropóloga Karen Rosenberg de la Universidad de Delaware indica que en efecto existe un factor evolutivo en el ser humano que lo diferencia del resto de mamíferos en el desarrollo del proceso del parto, a causa de su bipedismo y mayor grado de encefalización, aunque apunta, que puede ser más bien este hecho el que esté detrás de la aparición del miedo y la angustia tan comúnmente asociados a los procesos de embarazo y parto en la mujer[37].
Según Rosenberg, el nacimiento en los humanos ha evolucionado gracias a un mosaico de cambios biológicos que ocurrieron en diferentes momentos y por diferentes motivos. Cuando los humanos se hicieron bípedos y caminaban solo sobre dos extremidades, la selección natural favoreció a los individuos con caderas más estrechas, ya que eran más eficientes para caminar erguidos. Como resultado, el nacimiento en el hombre actual es diferente del resto de los animales. El proceso es más dificultoso y el bebé tiene que ajustar el diámetro de su cráneo a las dimensiones pélvicas de su madre y rotar durante su pasaje por el canal –mientras la pelvis de la mujer se abre a su paso– naciendo con la cara hacia abajo, cosa que no ocurre en el resto de animales (ver video: http://www.youtube.com/watch?v=Xath6kOf0NE&mode=related&search=). El animal que tiene las condiciones fisiológicas más próximas al hombre es el mono en cuanto a estatura y tamaño del canal del parto en relación al tamaño craneal del feto. Sin embargo, a pesar de estas similitudes, la ausencia de bipedismo hace que el nacimiento sea más fácil en los monos que en el hombre. El canal de parto de los monos tiene el mismo diámetro transversal en todas partes (Fig. 1), por lo que su cría no debe realizar los complicados giros de los neonatos humanos para cruzarlo y la cría nace con la cara hacia arriba, mirando hacia la madre. Esta orientación beneficia el nacimiento ya que la madre puede tirar del bebé para atravesar el canal, e incluso, las propias crías tomarían parte de este proceso, siendo ellas mismas las que una vez sacados los brazos se agarran al cuerpo de su madre y tiran de su cuerpo para salir.

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Figura 1. Muestra comparativa de los diferentes diámetros pélvicos maternos en diferentes especies de simios y el hombre. El tamaño craneal fetal para cada especie se muestra en oscuro.
Sin embargo, nada indica por qué debido a este hecho, el proceso, aparte de ser más largo o complejo, debiera ser además doloroso, teniendo en cuenta que los procesos más vitales y necesarios para la supervivencia del hombre tales como, alimentarse o procrear, suelen venir acompañados de un refuerzo positivo de placer, que permite su fijación a lo largo de la evolución, por lo que el dolor asociado al parto, parece en sí mismo, una desventaja para la perpetuación de la especie. Por otro lado, el proceso que la mayor parte de las mujeres experimentan como doloroso es en mayor medida el de la dilatación del cuello uterino, más que el expulsivo. Sin embargo, la mayor diferencia de los humanos con el resto de mamíferos, no se da en la dilatación, si no en el momento del expulsivo, cuando debido al mayor diámetro craneal fetal se debe sincronizar la expulsión del feto, con el acople de la cabeza al diámetro pélvico, al tiempo que realiza una rotación, por lo que, estas diferencias anatómicas no parecen justificar el dolor en el parto.
La opinión de Karen Rosenberg es que la aparición del papel de una asistente en el parto entre los humanos habría sido clave en la evolución humana al reducir la mortalidad entre éstos, dado que las dificultades asociadas al parto, en beneficio de la encefalización y el bipedismo, podrían comprometer la perpetuación de la especie. Por ello, sería desde un punto evolutivo, necesaria la presencia de madres que asistieran a otras madres durante el parto, que se vería favorecido por la selección natural al reducir la mortalidad. El comportamiento de búsqueda de asistencia en el parto sería vinculado al miedo, la ansiedad y el estrés experimentado por las madres gestantes, por lo que ciertos psiquiatras creen que estas emociones irían siempre ligadas al embarazo y el parto, siendo así favorecidas por la evolución, ya que daría lugar a individuos que sienten la necesidad de buscar apoyo y asistencia para garantizar su propia supervivencia. Así, la asistencia durante el parto de una matrona ayudaría a aliviar el estrés físico-emocional y el miedo asociado con el nacimiento, garantizando, al mismo tiempo, la seguridad del parto y aliviando con ello, el dolor asociado al mismo.
Sin embargo, es obvio que algo se ha desbalanceado en nuestra sociedad actual, cuando el parto se vivencia como una experiencia terrorífica y dolorosa, hasta el punto de que muchas madres prefieran que se les realice una cesárea electiva para evitar los dolores y la experiencia del parto en sí o prefieran estar totalmente anestesiadas. El miedo al parto se ha llevado al extremo de ser un sentimiento tan fuerte, que dificulta el nacimiento normal, al tiempo que el apoyo médico-asistencial, en lugar de aliviar el estrés materno y favorecer el parto, lo acrecienta y complica con un excesivo intervencionismo.
¿Qué estudios científicos hay sobre el miedo, el dolor y el aumento de la instrumentalización y la cesárea en los partos?
Para tener una conciencia de lo que realmente afecta a la mujer en el parto, el miedo y el estrés derivado de éste, solo hay que constatar los resultados de diversos estudios:
El miedo al parto puede provocar problemas significativos durante el parto y el postparto. El miedo durante el parto está asociado con un mayor dolor durante el proceso[38, 39], una prolongación del primer y segundo período del parto y un mayor sentimiento de insatisfacción[38]. Además, el miedo tiene una relación más fuerte que el estrés, con el dolor y la duración del parto. La anestesia epidural disminuye inicialmente el dolor, pero las mujeres que la usan tienen más miedo[39].
El miedo en el parto se ha demostrado que está también implicado en el 7-22% de las cesáreas electivas por parte de la madre, sin justificación médica, lo que aumenta la tasa de cesáreas [40-45]. El grupo de Ryding y colaboradores[46, 47] encontró a su vez que el miedo severo puede causar que el parto desemboque en una cesárea de emergencia.
Numerosos estudios de diferentes países documentan los miedos que experimentan las mujeres durante el parto. Tres estudios suecos, todos cualitativos y con grupos de estudio de entre 23 y 53 mujeres exploró sus miedos[48-50] durante pequeñas entrevistas semi-estructuradas. Determinaron que sus miedos se focalizaban sobre todo en el dolor del parto y el miedo a padecer secuelas físicas de algún tipo o incluso la muerte, tanto en ellas como en los bebés. La experiencia del miedo en el parto entre las mujeres finlandesas ha sido estudiada por las matronas finlandesas Melender y Lauri [2, 6] quienes llevaron a cabo dos estudios cualitativos mediante entrevistas para explorar el miedo relacionado con el parto en un grupo de 20 mujeres que habían dado a luz recientemente, así como por el grupo de Saisto y colaboradores [7, 51], quienes encontraron resultados semejantes. Las mayores preocupaciones de estas mujeres se relacionaban con el dolor del parto, el riesgo de secuelas para ellas o el recién nacido, la actitud y atención por parte del personal sanitario y el miedo a complicaciones como hemorragias severas. En Alemania, Neuhaus y colaboradores realizaron entrevistas a 122 mujeres que acababan de dar a luz para analizar su experiencia de parto y los miedos padecidos durante el mismo. Los miedos más comúnmente relatados fueron una vez más el miedo al dolor, sobre todo en partos inducidos, secuelas en la madre o el bebé y errores obstétricos.
Los investigadores exploraron además el origen de dichos miedos. Entre las causas están la tendencia a pensamientos negativos, el haber escuchado historias de experiencias negativas de parto en otras mujeres, el diagnóstico prenatal de posibles riesgos[2, 3], falta de conocimiento e información acerca del proceso de parto[2, 8] o experiencias previas negativas en multíparas[2-4].
Un estudio entre la población de Turquía reporta algunas de las frases de las mujeres que dicen tener miedo al parto[52]:
“Tengo miedo al dolor del parto”
“Esto es lo que más miedo me provoca: que haré si no soy capaz de soportar el dolor”
“El dolor del parto... Es la cosa más horrible”
“Tengo miedo de perder el control”
“Tengo miedo de no ser capaz de hacerlo, de no saber dar a luz a mi bebé”
“Tengo miedo de morir”
“Tengo miedo de que surjan problemas, de que algo se rompa...”
“Te tocan en tus partes más íntimas... Eso me da miedo”
“Te cortan, te ponen un montón de aparatos... todo eso me aterra”
“Creo que eso (refiriéndose a la vagina tras una episiotomía) nunca vuelve a ser igual, tengo miedo de que me afecte en mis relaciones”
Wuitchik y colaboradores[53] comentan que el miedo al dolor o a la indefensión y la preocupación antes del parto están fuertemente asociados al sufrimiento y al dolor durante el parto. Lederman y colaboradores recogen que los miedos a la indefensión, al dolor, a la pérdida de control o de autoestima afectan a la evolución del parto[54].
El excesivo control prenatal al que se somete en la actualidad a las mujeres embarazadas también juega un importante papel, ya que puede sumir a las mujeres en una continua situación de riesgo que aumenta el miedo al parto[55]. El estudio encuentra que los discursos sobre riesgos prenatales ejercen un control social sobre las mujeres embarazadas, haciéndoles tener miedo, sentirse culpables, juzgadas o incluso castigadas.
No sólo el miedo, sino la ansiedad y el estrés durante el parto aumentan el nivel de adrenalina y disminuyen las contracciones uterinas[56], además prolonga la duración del parto y empeora el estado fetal[57]. Es más, el simple hecho de entrar en el hospital puede afectar notablemente a las contracciones uterinas, como consecuencia del cambio de escenario[58].
Las variables más importantes para conseguir que el parto sea una experiencia positiva son que la mujer sienta que tiene el control y el apoyo de una comadrona[10, 59]. De hecho en Suecia se puso en marcha un equipo de ayuda y apoyo psicológico a mujeres con especial miedo al parto denominado “Aurorateams”[60]. Este equipo, integrado fundamentalmente por matronas, aborda el parto desde un enfoque más natural y cuenta con una serie de sesiones previas al parto que ayudan a la madre a disminuir su ansiedad y a entrar a la fase de parto más tranquila. Además, se redacta un plan de parto junto con la mujer, donde se pone especial énfasis en atender los aspectos que más estrés causan a la mujer. Los resultados de esta iniciativa son sorprendentes ya que suponen una reducción de un 50-62% en el número de cesáreas electivas y partos vaginales más cortos y satisfactorios que entre mujeres no tratadas.
Finalmente, las experiencias de partos llevados a cabo en el entorno del hogar o en centros donde se permite experimentar el parto de una forma más natural, asistidos únicamente por comadronas, demuestran que el parto, así desarrollado, genera una mayor satisfacción en la mujer, menos dolor, así como excelentes resultados en cuanto a morbilidad y mortalidad materno-infantil, similares o mejores que los obtenidos en hospitales para partos de bajo riesgo, en los que, sin embargo, la insatisfacción y la instrumentalización e incluso riesgo de cesárea es muy superior[61, 62]. En estos casos, se hace a menudo uso de métodos no invasivos para conseguir una mayor relajación de la parturienta y disminuir el dolor, como es el uso del agua durante el parto, que ha demostrado reportar numerosos beneficios, así como evitar el uso de otras analgesias como la anestesia epidural[33, 35]. En una revisión bibliográfica de la Biblioteca Cochrane sobre <<inmersión en agua para embarazo, trabajo de parto y parto>>[34], se llega a la conclusión de que existe evidencia de que la inmersión en agua durante el periodo de dilatación reduce la percepción del dolor y el uso de analgesia en las parturientas, sin resultados adversos en la duración del trabajo del parto, el parto quirúrgico o los resultados neonatales. La reducción del dolor parece estar asociada a la liberación de endorfinas y catecolaminas, lo que a mismo tiempo favorece la liberación de oxitocina y la dilatación cervical. Hay también datos que revelan que la respuesta común a la inmersión es una redistribución del volumen sanguíneo, especialmente una expansión del volumen sanguíneo intra-torácico, que estimula la producción del Péptido Natri urético del Atrium (ANP). Parece que esta producción de ANP se produce a través de dos mecanismos, uno directo (estirando las paredes del atrium cardíaco) y otro indirecto (liberando oxitocina). Existe una relación compleja entre el sistema del ANP y la hipófisis posterior (productora de oxitocina y vasopresina). La inmersión en el agua favorece la producción de oxitocina siempre que la mujer beba agua durante la inmersión y dicha inmersión no se prolongue más de dos horas[63].
De cara al expulsivo, realizar la dilatación en el agua también tiene sus beneficios sobre el período de expulsivo. El Dr. Lebrero, ginecólogo de la clínica Acuario en la cual se realizan partos naturales y se hace uso del agua en el parto, relata que aunque todas las parturientas hacen uso del agua durante la dilatación, no todas paren en el agua. En ocasiones, en el momento de la expulsión, la mujer opta por salir del agua. El cambio de temperatura tiene un efecto favorecedor para que la expulsión sea más rápida y eficaz, sobre todo si se adopta una posición de cuclillas. Por el contrario, si la parturienta realiza la expulsión en el agua, favorece la transición del recién nacido del líquido amniótico al mundo exterior. El parto realizado en quirófano provoca un cambio brusco de temperatura (aproximadamente unos 17°C), lo que induce en el recién nacido una vasoconstricción periférica para ahorrar calor. Esta es la razón de la habitual coloración morada. En ese periodo de adaptación al cambio de temperatura, el niño consume gran parte de su reserva de glucosa y si el nivel desciende considerablemente hay riesgo de complicaciones cerebrales. Cuando el recién nacido pasa de los 37,5ºC del útero a los 37ºC de la piscina este problema no existe[64].
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los profesionales sanitarios deben facilitar toda la información disponible para que cada mujer pueda elegir el tipo de parto que prefiera. La OMS, en el informe del grupo técnico de trabajo <<Los cuidados en el parto normal>> de 1999, avala y recomienda el uso del agua en el parto entre los diversos métodos no invasivos ni farmacológicos de alivio del dolor[65].
Conclusiones
En conclusión, todos los datos anteriormente expuestos ponen de manifiesto y demuestran que volver a lo natural, a una atención más íntima y menos intervencionista que respete los ritmos y la fisiología de la mujer de parto, donde la madre se sienta segura y con la intimidad suficiente para tranquilizarse y rebajar su miedo; donde la madre pueda interiorizar y vivir su proceso de parto como una continuación de su vida sexual y como una experiencia fundamental para su persona; donde pueda sentirse dueña de su parto y apoyada y animada por la asistencia de una comadrona; donde se pueda hacer uso de métodos no invasivos para el control del dolor; lejos de ser una moda, es, sin lugar a dudas, la opción más segura en términos de morbilidad y mortalidad, la que más satisfacción reporta a la madre y al bebé y la que permite experimentar el parto como una experiencia gozosa, a la que no se debe tener miedo.
Laura G. Carrascosa, licenciada en Bioquímica.
[1] Hablamos siempre de partos de bajo riesgo, sin riesgos extra que lo afecten. Sólo en esos casos se puede llevar a cabo un parto de forma natural. Y desde mi opinión particular, aunque hay voces que claman por el parto sin asistencia, como es el caso de la escritora Laurie Morgan o Laura Shanley, creo que el parto debe transcurrir siempre en presencia de una matrona, lo que, por otra parte, no justifica el intervencionismo médico actual, ni la falta de respeto por la fisiología natural del parto.
[2] Algunos estudios científicos alertan sobre los riesgos de la anestesia epidural, que podría estar relacionada con un mayor riesgo de que el parto termine en cesárea o parto instrumentalizado[22].
[3] En su libro “La guía no oficial para tener un bebé”, de Ann Douglas and John R. Sussman, M.D., comentan que la estimulación sexual que resulta en un orgasmo es hasta veintidós veces más relajante que cualquier tranquilizante.
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5 comentarios
maru
4 mar 2009 | 03:32 PM
hola estoy buscando tener un bb pero tengo tanto miedo a los dolores y al parto q respuestas m pueden dar
porunpartorespetado
4 mar 2009 | 11:37 PM
Hola, Maru. Pues solo se me ocurre decirte que no tengas miedo, que tu cuerpo ha gestado un bebe y del mismo modo, podrá parirlo. Que confíes en tu cuerpo, en tu bebe y en tí misma, que no veas el dolor como algo horrible por lo que pasar, sino la moneda de cambio para obtener el mas maravilloso tesoro. Te recomiendo que te leas el libro PARIR SIN MIEDO, El legado de Consuelo Ruiz Velez Frías, de la Ed. Obstare.
Saludos y gracias por pasar por aquí!
Mireia
maru
6 mar 2009 | 01:50 PM
hola gracias x tu apollo la verdad q m ayuda bastante.ahora tengo q esperar a ver si quedo embarazada.besos y gracias
merche
30 jul 2010 | 06:53 AM
hola Maru y Mireia,
creo que le podía ayudar mucho leer mis poesías sobre el parto-nacimiento, pásate `por mi blog.
Un fuerte abrazo a las dos
Merche
http://kebuskas.blogspot.com/
Edu
4 ago 2010 | 03:21 AM
Muy interesante artículo... GRACIAS! Lo único que no veo la fig. 1 que mencionas de los diámetros pélvicos.
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