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3. CUIDADOS DURANTE LA PRIMERA FASE DEL PARTO


3.1. EVALUACIÓN DEL COMIENZO DEL PARTO

La evaluación del comienzo del parto es uno de los aspectos más importantes en el manejo del mismo. Los signos de su comienzo son:

  • Contracciones dolorosas y regulares
  • Acortamiento y/o dilatación del cérvix
  • Pérdida del líquido amniótico
  • Flujo sanguinolento

La ruptura de las membranas es un claro signo de que algo irreversible ha sucedido. Los otros síntomas son menos obvios: las contracciones se pueden notar mucho antes del comienzo del parto, y la dilatación cervical puede estar presente semanas antes del final del embarazo y progresar muy despacio hasta el momento del parto (Crowther 1989). La matrona tiene que ser capaz de distinguir entre un falso parto o el principio del mismo. Generalmente es necesario un examen vaginal para detectar los cambios del cérvix. Establecer correctamente el inicio de un parto es, ineludiblemente, la base para identificar un parto prolongado que requiera intervención.

Si el diagnóstico de comienzo del parto se realiza erróneamente, el resultado puede conducir a intervenciones innecesarias, como amniotomía o infusiones de oxitocina. El diagnóstico de fase latente prolongada es mejor sustituirlo por falso parto, porque de hecho el parto todavía no ha comenzado. A veces, la distinción entre comienzo de parto y falso parto sólo puede ser realizada después de un corto período de observación. En un estudio multicentro de la OMS sobre el partograma (OMS 1994), sólo el 1,3 % de las mujeres tuvieron una fase latente prolongada. La causa de este pequeño porcentaje puede ser doble: con la introducción del partograma en los hospitales tuvo lugar un debate sobre el parto que podría haber afectado a la forma de percibir la fase latente. También, en el partograma se pospuso 8 horas la intervención activa en la fase latente.

La ruptura espontánea de las membranas antes de un parto a término es objeto de discusiones acerca del riesgo del examen vaginal, la inducción del parto y los antibióticos profilácticos. En un estudio realizado al azar sobre la inducción del parto después de 12 horas frente al manejo expectante durante 48 horas, se vio que en el grupo de inducciones la necesidad de analgesia fue significativamente mayor y hubo más intervenciones, mientras que se produjo infección neonatal en el 1,6% en el grupo de inducciones frente a un 3,2% en el grupo del manejo expectante. No se usaron antibióticos profilácticos y el examen vaginal sólo se practicó si el parto había comenzado (Ottervanger et al 1996). El enfoque conservador, que está apoyado por la evidencia, aconseja una política de observación sin práctica de exámenes vaginales ni antibióticos, durante las primeras 48 horas después de la ruptura de membranas. Si la mujer no se ha puesto de parto durante este período de tiempo (cerca del 20% de las mujeres), se podría considerar la utilización de oxitocina. Sin embargo, estos resultados han sido obtenidos en poblaciones de mujeres sanas de países desarrollados, y en hospitales donde era posible mantener altos niveles de higiene. En poblaciones diferentes puede ser necesario un manejo más activo, con el uso de antibióticos y una más pronta inducción de parto. Dado que en los países en desarrollo la sepsis puerperal es generalmente la tercera o cuarta causa de mortalidad materna, son necesarios todos los esfuerzos posibles para prevenirla.


3.2 POSICIÓN Y MOVIMIENTOS DURANTE LA FASE DE DILATACIÓN

Diversos estudios han demostrado que, durante la fase de dilatación del parto, la posición supina afecta al flujo sanguíneo del útero. El peso del útero puede provocar compresión aorto-cava y la reducción del flujo sanguíneo puede comprometer la condición del feto. La posición supina, asimismo, también reduce la intensidad de las contracciones (Flynn et al 1978, McManus y Calder 1978, Williams et al 1980, Chen et al 1987) y con ello interfiere el progreso del parto. Ponerse de pie o tumbarse de lado se asocian con una mayor intensidad y eficacia de las contracciones (su capacidad para conseguir la dilatación del cérvix).

A pesar de la prevalencia de la posición supina la mujer puede optar por muchas otras posiciones. Sin embargo, muchos factores limitan frecuentemente estas opciones, desde el diseño de la cama hasta los protocolos del parto o la presencia de vías intravenosas o del equipo de monitorización. Cuando estas restricciones son las mínimas, la mujer se puede poner de pie, caminar, sentarse, tomar un baño o ducha para relajarse o adoptar cualquier posición que alternativamente escoja. Diversos estudios han comparado estas posiciones con la supina y han demostrado que el parto resultó ser menos doloroso (hubo menos necesidad de analgesia) y que la estimulación se usó con menos frecuencia en las posiciones no supinas Chan 1963, Flynn et al 1978, McManus and Calder 1978, Diaz et al 1980, Williams et al 1980, Hemminki 1983, Melzack 1991). Un estudio (Flynn et al 1978) observó una incidencia significativamente menor de alteraciones en el ritmo cardíaco del feto en la postura vertical. Sin embargo, otros estudios no detectaron importantes diferencias en los resultados neonatales.

En conclusión, no existe ninguna evidencia que apoye la posición supina durante el período de dilatación. La única excepción es cuando se rompen las membranas estando la cabeza demasiado alta. Cuando las membranas están rotas y la matrona ha determinado que la cabeza está suficientemente fija en la pelvis, la mujer puede elegir la posición que ella prefiera. Es frecuente cambiar de postura, ya que a lo largo del parto ninguna postura resulta cómoda durante un largo período de tiempo.


3.3. EXAMEN VAGINAL

Esta es una de las acciones diagnósticas esenciales en el reconocimiento del comienzo y progreso del parto. Sólo debe ser realizada por personal experto, con manos limpias, cubiertas por guantes estériles. El número de exámenes vaginales se debe limitar al estrictamente necesario; durante la fase de dilatación generalmente una vez cada cuatro horas es suficiente, tal como se prescribe en el manual para el uso del partograma (OMS 1993). Si el parto progresa con rapidez, las matronas expertas pueden incluso limitar el número de exámenes a uno. Idealmente, ese sería el examen necesario para establecer la fase activa del parto, es decir, para confirmar el hecho de que existe dilatación cervical (el criterio más objetivo de un parto activo).

Otra práctica en el manejo del parto es llevar a cabo un examen vaginal únicamente cuando existe una necesidad para ello, por ejemplo cuando la intensidad y frecuencia de las contracciones decrece, cuando hay signos de que la mujer quiere pujar o antes de la administración de analgésicos.

Se podría hacer algún comentario sobre cada una de las propuestas anteriormente mencionadas, pero considerando nuestro teorema: en un parto normal debe existir una buena razón para interferir con el proceso natural, puede que los dos últimos procedimientos sean más apropiados que el primero. Aún quedan algunas cuestiones, ya que no hay una clara evidencia que apoye ninguna táctica específica. Quizás sean necesarias unas directrices más estrictas en aquellos países en que las personas que asisten el parto tengan una formación limitada y estén aisladas, con grandes distancias a los centros especializados. Estas directrices serían, pues, específicas para cada país.

En las escuelas de matronas el examen vaginal llevado a cabo por un estudiante a veces tendrá que ser repetido y confirmado por el supervisor. Esto sólo puede hacerse bajo el consentimiento de la mujer. Bajo ninguna circunstancia debe una mujer ser forzada a someterse a frecuentes y repetidos exámenes vaginales por las matronas o estudiantes.

En el pasado el examen rectal se creía que evitaba la contaminación de la vagina. Esta práctica no es recomendable. Estudios comparativos entre exámenes vaginales y rectales mostraron una incidencia similar de infección puerperal con ambos procedimientos (Crowther et al 1989). La preferencia de las mujeres por los exámenes vaginales sobre los rectales se demostró claramente en un estudio clínico aleatorio (Murphy et al 1986).


3.4. SEGUIMIENTO DEL PROGRESO DEL PARTO

La evaluación del progreso del parto se hace observando a la mujer; su aspecto, conducta, contracciones y el descenso de la cabeza fetal. La medida más exacta es la dilatación del cérvix. Una desviación sobre el índice de dilatación normal debería ser un indicativo para revisar los planes del parto. En el método del partograma de la OMS (OMS 1993), la línea de alerta se pasa si la dilatación es inferior a 1 cm por hora. Si la mujer se encuentra en un centro de salud, ésta es una de las causas para trasladarla a un hospital. La línea de acción se pasa si el retraso en el progreso continúa durante más de cuatro horas. En tal caso, se realizará un examen exhaustivo de la causa de la demora, y se tomará una decisión sobre la forma apropiada en que deberá progresar el parto. Aunque estas reglas estrictas no son seguidas en todos los países, constituyen unas guías útiles, especialmente en aquellas situaciones donde las distancias a un centro de referencia son grandes y las matronas o el personal sanitario se encuentran solos. Estudios realizados sobre el efecto del uso del partograma demostraron que más de la quinta parte de los gráficos de las primíparas cruzaron la línea de alerta, y un 10-11% cruzaron la línea de acción (Philpott y Castle 1972, OMS l994). En América Latina se usa un partograma diferente, diferenciando entre nulíparas o multíparas, membranas intactas o rotas, y posición de pie o tumbada (Schwarcz et al 1987-1995).

La relación entre un parto prolongado y un resultado materno y fetal adverso es la razón por la cual es tan importante monitorizar el progreso del parto con exactitud. Un progreso lento debería ser una razón para evaluar más que para intervenir. Una desproporción cefalopélvica deberá ser considerada cuando el progreso es lento. La pelvimetría intraparto con rayos X no ha demostrado eficacia alguna. Los ensayos disponibles sobre pelvimetría con rayos X demostraron un incremento de cesáreas, pero ninguna ventaja en términos de reducción de la morbilidad neonatal (Parsons y Spellacy 1985). La pelvimetría de rayos X durante el embarazo y parto incrementa la incidencia de leucemias en la infancia y debería ser abolida (Stewart et al 1956, MacMahon 1962). En manos expertas, la pelvimetría manual puede llegar a ser útil. Si las membranas están intactas el progreso lento durante el parto generalmente no se debe a una desproporción. En tal caso, esperar debería ser la opción a elegir (Alberts et al 1996). No hay estudios de investigación sólidos sobre la opción de esperar frente al tratamiento activo en caso de una evolución lenta sin señales de desproporción; por ello, no se pueden sacar conclusiones definitivas. Cuando las membranas están rotas, un progreso lento es más probable que sea consecuencia de problemas mecánicos. El tratamiento de partos fuera de la normalidad no es el propósito de este informe.


3.5. PREVENCIÓN DEL PARTO PROLONGADO

Diversas medidas se han propuesto para prevenir el retraso en el progreso del parto. A veces, estas acciones se realizan mucho antes de alcanzar la línea de alerta o de acción del partograma. Las intervenciones más comunes son la amniotomía y las infusiones de oxitocina tempranas, o una combinación de ambas. La amniotomía temprana interfiere con el proceso fisiológico de la ruptura de las membranas fetales. Bajo condiciones normales, las membranas se mantienen intactas hasta alcanzar la dilatación completa en el 75% de los casos (Schwarcz et al 1995). La amniotomía antes de la dilatación completa se utiliza frecuentemente como un método para acelerar el parto.

3.5.1. AMNIOTOMÍA TEMPRANA
Esta intervención se ha venido recomendando como un procedimiento de rutina una hora después de la admisión de la mujer de parto (O’Driscoll et al 1973). En un estudio controlado se demostró un considerable incremento de las desaceleraciones de tipo I de la frecuencia cardíaca fetal después de practicar una amniotomía temprana (Schwarcz et al 1973). Diversos estudios han sugerido que una amniotomía temprana supone una reducción en la duración del parto de entre 60 y 120 minutos, sin efectos sobre el uso de analgesia ni los índices de partos instrumentales o cesáreas. Estos estudios no confirman que la amniotomía temprana tenga un efecto favorable o desfavorable en la condición del neonato (Fraser et al 1991, 1993, Barrett et al 1992). No es posible concluir que una amniotomía temprana tenga una clara ventaja sobre el manejo expectante o viceversa. Por tanto, en el parto normal debería existir una razón válida para interferir con el proceso espontáneo de la ruptura de las membranas.

3.5.2 INFUSIÓN INTRAVENOSA DE OXITOCINA
Es utilizada frecuentemente para acelerar el parto después de la ruptura de las membranas, ya sea de forma espontánea o provocada. La combinación de la oxitocina con la amniotomía temprana se denomina frecuentemente manejo activo del parto, y se realizó por primera vez en Irlanda (O’Driscoll et al 1973, O’Driscoll y Meagher 1986). Esta técnica, con ligeras modificaciones, ha sido adoptada en todo el mundo. De acuerdo con los protocolos acerca del manejo activo del parto, una vez que se ha realizado la amniotomía se deben realizar exámenes vaginales cada hora, y se debe administrar una infusión de oxitocina si la dilatación cervical es menor de 1 cm por hora. Esta práctica ha sido investigada en numerosos estudios aleatorios (Read et al 1981, Hemmiki et al 1985, Bidgood y Steer 1987, Cohen et al 1987, López-Zeno et al 1992). De los tres estudios sobre la duración del parto después de la estimulación con oxitocina comparado con grupos control, sólo uno demostró una duración menor del parto cuando se utiliza oxitocina. En uno de estos estudios, la mujer del grupo control fue animada a moverse, levantarse o sentarse y se demostró que la duración del parto en este grupo control fue ligeramente menor que en el grupo estimulado con oxitocina. Tampoco se observó ningún cambio significativo en los índices de Apgar de los dos grupos (Hemminki et al 1985). La mayoría de las mujeres recalcaron la incomodidad del proceso de la estimulación. Más del 80% sintieron que la oxitocina había aumentado el dolor. La mitad de las mujeres en el grupo control que podían moverse, dijeron que la movilidad había hecho disminuir el dolor, mientras que un 24% no notaron ninguna diferencia.

En conclusión, acorde con los datos disponibles no está claro que el uso de la oxitocina para acelerar el parto ofrezca ninguna ventaja a la mujer ni a sus hijos. Por supuesto, esto no significa que la oxitocina sea inútil en la terapia de un parto prolongado. Sin embargo, no existe evidencia alguna de que la prevención de un parto prolongado por el uso indiscriminado de la oxitocina en un parto normal sea beneficiosa. Sería justo preguntarse si un parto acelerado por una infusión de oxitocina puede ser considerado como normal. En muchos lugares, las infusiones de oxitocina son únicamente administradas en el hospital bajo la supervisión del obstetra. Esta es una precaución razonable, dada la naturaleza imprevisible de un parto manejado artificialmente. Como regla general la oxitocina solamente debiera ser usada para acelerar partos en lugares donde exista un acceso inmediato a una cesárea si fuera necesaria. La necesidad de acelerar un parto se considera una indicación suficiente para trasladar a la mujer a centros donde existan facilidades obstétricas. Además, el seguimiento fetal subsiguiente ha de ser realizado con monitorización electrónica. La experiencia en Dublín durante un estudio aleatorio de la monitorización del ritmo cardíaco del feto intaparto, también apunta en esta dirección: en el grupo monitorizado con auscultación, el número de crisis neonatales aumentó, pero la mayoría de estos niños eran de madres a las que se les había administrado oxitocina durante el parto (Macdonald et al 1985). Véase también 2.7. La estimulación con oxitocina es una intervención importante y sólo debe aplicarse por una buena razón. Lo mismo se ha de aplicar a las técnicas más modernas de estimulación e inducción, como es el uso de las prostaglandinas.

3.5.3. ADMINISTRACIÓN INTRAMUSCULAR DE OXITOCINA
El uso intramuscular de cualquier oxitócico antes del nacimiento del niño es generalmente considerado como peligroso, porque la dosis no puede adaptarse al nivel de la actividad uterina. Se puede producir hiperestimulación siendo peligrosa para el feto. Así mismo, esta práctica se ha relacionado con un incremento de la incidencia de ruptura de útero, con las correspondientes graves secuelas (Kone 1993, Zheng 1994).

Pero aún así la administración intramuscular de oxitocina se sigue practicando, a veces ante la petición de la gestante o su familia esperando un parto más rápido. En algunos países en desarrollo este fármaco puede ser obtenido en el mercado. Esta práctica dañina debería ser abandonada. Lo mismo se puede decir de la administración de otros oxitócicos, como las prostaglandinas.


4. CUIDADOS DURANTE LA SEGUNDA FASE DEL PARTO


4.1. REVISIÓN DE LA FISIOLOGÍA

Durante la segunda fase del parto, la oxigenación del feto se ve gradualmente reducida, ya que está siendo expulsado de la cavidad uterina y esto produce una retracción del útero y disminución de la circulación placentaria. Más aún, las contracciones fuertes y el pujo activo de la mujer pueden reducir más la circulación uteroplacentaria. El descenso de la oxigenación se acompaña de acidosis. Existen, sin embargo, amplias variaciones sobre la seriedad y el grado de estos procesos, por lo que la matrona debe monitorizar cuidadosamente el estado del feto.


4.2 EL COMIENZO DE LA SEGUNDA FASE DEL PARTO

El comienzo de esta fase viene determinado por los siguientes síntomas:

  • La mujer siente necesidad de pujar, debido a que el saco amniótico o la cabeza sobresale a través del cérvix dilatado y presiona sobre el recto.
  • A menudo, las membranas se rompen espontáneamente.
  • Generalmente se produce una dilatación total del cuello del útero, pero en ocasiones la mujer siente el deseo de pujar en una fase anterior de la dilatación. Si queda un reborde del cuello, lo apartará la cabeza.

De lo dicho anteriormente se deduce que a veces el comienzo de la segunda fase no se determina con exactitud. La mujer puede sentir la necesidad de pujar antes de la dilatación completa o, por el contrario, puede haber dilatado por completo sin sentir necesidad de pujar. Aunque se diagnostique la dilatación completa por un tacto vaginal, no es posible saber con exactitud cuando se ha producido.

En algunos hospitales, cuando comienza la segunda fase, es práctica habitual trasladar a la mujer desde su habitación al paritorio. Éste está equipado con grandes lámparas, instrumentos y una cama que permite colocar a la mujer en posición de litotomía. Aunque esta disposición de la mujer es la más adecuada para la matrona u obstetra si se va a realizar un parto instrumental, cualquier traslado innecesario resulta incómodo para la mujer. Tanto el parto como el alumbramiento pueden ser atendidos en la misma habitación, sin que exista la necesidad de trasladar a la mujer.


4.3 EL COMIENZO DE LOS PUJOS DURANTE LA SEGUNDA FASE DEL PARTO

A menudo las matronas deciden iniciar la fase activa del parto animando a la mujer a pujar, una vez se ha diagnosticado la dilatación completa o a veces incluso antes. Pero la aproximación fisiológica establece que se debería esperar a que la mujer sienta ganas de pujar. En ocasiones, la mujer no siente la necesidad de pujar, incluso habiendo dilatado por completo, y basta con esperar de 10 a 20 minutos para que esta fase comience espontáneamente. No existen estudios acerca del efecto del comienzo temprano o tardío de la fase activa, pero si los hay con el uso de analgesia epidural. Cuando ésta se utiliza, el reflejo de pujar se inhibe por lo que se puede esperar a pujar hasta que el vértex esté bien visible en el introito. Este procedimiento ha sido comparado con el comienzo del pujo una vez se ha diagnosticado la dilatación completa (McQueen et al 1977, Maresh et al 1983, Buxton et al 1988). El retraso en el inicio del pujo no mostró ningún efecto adverso en el resultado fetal o neonatal. Por el contrario en el grupo que comenzó la fase activa antes, se observó una incidencia más elevada de partos instrumentales con fórceps. Aunque estos resultados fueron obtenidos de mujeres que habían recibido analgesia epidural, concuerdan con la experiencia clínica de algunas matronas, que retrasan el comienzo de la fase activa hasta que la mujer siente ganas de pujar. Esta práctica resulta más sencilla para la mujer y tiende a reducir la duración de la fase activa.

Se suele considerar que antes o en el momento del inicio la segunda fase del parto es conveniente vaciar la vejiga por cateterización. Este procedimiento es un innecesario y puede desencadenar infecciones del tracto urinario. En la segunda fase del parto, cuando la cabeza fetal está firmemente encajada en la pelvis, la cateterización puede ser muy difícil e incluso traumática. Resulta más conveniente hacer que la mujer orine espontáneamente durante la fase de dilatación, lo cual debería ser suficiente en un parto normal.


4.4 EL PROCESO DEL PUJO DURANTE LA SEGUNDA FASE DEL PARTO

En muchos paritorios se anima a la mujer a pujar de una manera continua y sostenida (Valsalva) durante la segunda fase del parto. Otra alternativa consiste en dejar a la mujer que puje libremente cuando ella lo necesite. Estas dos prácticas han sido evaluadas en diversos estudios (Barnett et al 1982, Parnell et al 1986; Thomson 1993). Se ha visto que pujar espontáneamente supone realizar de 3 a 5 pujos cortos (de 4 a 6 segundos) con cada contracción, mientras que el pujo sostenido dura de 10 a 30 segundos durante el cual se contiene la respiración. Esta segunda opción demostró un acortamiento de la segunda fase del parto, pero puede producir alteraciones de tipo respiratorio en el latido cardíaco. Si la mujer se encuentra tumbada de espaldas, este hecho puede asociarse a una compresión de la aorta y una disminución del flujo sanguíneo uterino. Los estudios demostraron un descenso del pH medio de la arteria umbilical en el segundo grupo, así como índices de Apgar inferiores. La evidencia disponible es limitada, pero se puede afirmar que aunque el pujo continuo y sostenido parece acortar ligeramente este período, su práctica no ofrece ninguna ventaja, ya que parece comprometer el intercambio de gas maternofetal. Los pujos espontáneos más cortos parecen ser mejores (Sleep et al 1989).

En muchos países es común la práctica de aplicar presión en el fondo uterino durante la segunda fase del parto con el fin de acelerarla. A veces se realiza justo antes de dar a luz y otras desde el comienzo de esta fase. Esta práctica, a parte de acarrear molestias maternas, puede ser dañina para el útero, el periné y el propio feto, aunque no existen estudios al respecto. La impresión general es que se usa con demasiada frecuencia, no estando demostrada su efectividad.


4.5 DURACIÓN DE LA SEGUNDA FASE DEL PARTO

En 1930, De Snoo determinó la duración de la segunda fase del parto en 628 primíparas, con el feto en posición cefálica. Esta fue de una hora y cuarto con una mediana de una hora. Estos valores estaban influenciados por la presencia de algunos períodos muy largos (10 - 14 horas). Desde entonces la duración media ha sido determinada por la finalización artificial del parto después de un período máximo permitido por la matrona. En primíparas actualmente la duración media se cifra en aproximadamente en 45 minutos. La asociación entre una segunda fase prolongada con la hipoxia fetal y acidosis fue un incentivo para acortar la segunda fase del parto incluso ante la ausencia de problemas maternos o fetales. Esta política ha sido examinada en distintos estudios (Wood et al 1973, Katz et al 1982, Yancey et al 1991). La finalización artificial del parto después de una segunda fase sin complicaciones condujo a unos valores de pH en la arteria umbilical significativamente mayores, sin que exista ninguna otra evidencia de que esta política tenga algún efecto beneficioso para el niño. El trauma materno y ocasionalmente fetal resultante del incremento de interferencia quirúrgica que esta política conlleva puede difícilmente ser justificado. Si las condiciones maternas y fetales son buenas y el parto progresa, no existe ninguna razón para limitar de manera estricta la duración máxima de la segunda fase del parto a, por ejemplo, una hora.

Se han publicado diversos estudios de seguimiento sobre la condición neonatal después de una segunda fase de diferentes duraciones. En el estudio de Wormerveer (Van Alten et al 1989, Knuist et al 1989), una cohorte de 148 neonatos fue examinada usando la determinación de pH en arteria umbilical y el índice neurológico de Prechtl en la segunda semana de vida. La segunda fase del parto variaba desde menos de una hora de duración (66% de mujeres nulíparas) hasta 159 minutos. No se encontró correlación alguna entre la duración de la segunda fase y la condición neonatal. Un estudio reciente ha sido publicado sobre 6.759 niños nacidos de mujeres primíparas con un peso superior a 2.500 g. La segunda fase del parto duró más de 3 horas en el 11% de los casos. No se encontró relación alguna entre la duración e índices de Apgar bajos a los cinco minutos, crisis neonatales o necesidad de ingreso en una unidad neonatal (Menticoglou et al 1995).

En conclusión, las decisiones sobre acortar la segunda fase del parto deben basarse en la vigilancia de la condición materna y fetal, y en la evolución del parto. Si existen signos de sufrimiento fetal o la parte presentada no desciende por la pelvis, entonces existe una buena razón para terminar el parto. Pero si la condición de la madre es satisfactoria, el feto está en buenas condiciones y existe una evidencia de descenso de la cabeza fetal, no hay razón para la intervención. Sin embargo, después de una segunda fase del parto de más de dos horas en nulíparas y más de una hora en multíparas, las opciones de un parto espontáneo decrecen y la terminación de éste debería ser contemplada.

En todo el mundo, en países desarrollados y en desarrollo, el número de partos instrumentales se ha incrementado notablemente durante las últimas décadas. Las causas no se conocen exactamente, pero a parte de la anteriormente citada rígida adherencia a la duración estipulada de la segunda fase del parto, la incidencia de partos instrumentales puede estar influenciada por el miedo a la mala práctica, por conveniencia y por motivos financieros. Investigaciones entre obstetras y residentes en Holanda demostraron que la tendencia a un mayor intervencionismo se contrarrestaba con la presencia de matronas en el hospital (Pel et al 1995). Aparentemente, la asistencia a un parto de profesionales que no están cualificados para intervenir, pero que actúan de cara a preservar la normalidad, evita intervenciones innecesarias. La epidemia mundial del parto intervencionista necesita más atención, porque muchas intervenciones innecesarias pueden dañar a la mujer y a los niños.


4.6. POSTURA MATERNA DURANTE LA SEGUNDA FASE DEL PARTO

Diversos estudios (Stewart et al 1983, Liddell y Fisher 1985, Chen et al 1987, Johnstone et al 1987, Gardosi et al 1989, Stewart y Spiby 1989, Crowley et al 1991, Allahbadia y Vaidya 1992, Bhardwaj et al 1995) sugieren que una posición vertical o lateral durante la segunda fase del parto ofrece muchas ventajas sobre la posición dorsal. La posición vertical produce menos incomodidades y dificultades al pujar, menos dolor de parto, menos trauma perineal y vaginal, y menos infecciones. En uno de los ensayos se observó una duración menor de la segunda fase del parto adoptando la posición vertical. En lo referente a la condición del niño, en algunos estudios se observaron un menor número de índices de Apgars inferiores a 7 en la posición vertical.

Una posición vertical, con o sin el uso de una silla para dar a luz, puede producir más desgarros labiales, y los resultados sugieren un incremento de desgarros de tercer grado aunque el número de mujeres estudiado es muy pequeño. A su vez, se ha encontrado un mayor incremento de hemorragias posparto en las mujeres que adoptaron la posición vertical. La causa todavía no se ha determinado; probablemente, en esta posición la medición de la pérdida sanguínea es más exacta, pero la diferencia podría ser debida también al incremento de presión sobre las venas pélvicas y vulvares (Lidell y Fisher 1985, Gardosi et al 1989, Crowly et al 1991). En un estudio, la hemoglobina fue más baja en el cuarto día posparto, aunque la diferencia no fue significativa. La posición de la madre durante la segunda fase del parto afecta a la condición del feto como lo hace también en la fase de dilatación. Los ensayos han demostrado una frecuencia menor de alteraciones del latido cardiaco fetal en las posiciones verticales, así como un pH de arteria umbilical superior. Algunos estudios preguntaron a la mujer sobre qué posición preferían, y demostraron gran entusiasmo por las posturas verticales, ya que les producía menos dolor. La posición de litotomía fue descrita como la más incómoda y dolorosa, además de que les restringía su movimiento. Mujeres que habían dado a luz en esta posición, preferirían adoptar la posición vertical en el futuro (Stewart y Spiby 1989, Waldenström y Gotvall 1991).

Muchos de los efectos positivos de la posición vertical dependen de la capacidad de la matrona y de su experiencia con cualquier otra posición además de la supina. Un cierto conocimiento de las ventajas de atender a una mujer en varias posiciones puede significar un cambio importante en el parto.

En conclusión, tanto para la fase de dilatación como para el expulsivo, la mujer puede adoptar la posición que ella prefiera, evitando preferiblemente estar largos períodos en posición supina. Se les debe animar a experimentar la posición en que ellas se sientan como más cómodas y apoyar su elección. Es necesario enseñar al personal asistente de los partos a atender partos en posiciones diferentes de la supina para que ello no sea un factor inhibidor en la elección de la posición.


4.7. CUIDADOS DEL PERINÉ

El daño en el periné es uno de los traumas más frecuentes experimentados por las mujeres en el parto, incluso en el considerado parto normal. Existen varias técnicas y prácticas encaminadas a reducir este daño o reducirlo a unas proporciones aceptables.

4.7.1 PROTECCIÓN DEL PERINÉ DURANTE EL NACIMIENTO
Muchos libros de texto describen métodos sobre cómo proteger el periné durante el nacimiento de la cabeza fetal: los dedos de una mano (generalmente la derecha) protegen el periné, mientras con la otra mano se presiona sobre la cabeza fetal con el fin de controlar la velocidad de salida de ésta, intentando con ello reducir el daño sobre los tejidos perineales. Con esta maniobra se pueden prevenir desgarros sobre el periné, pero a su vez resulta probable que la presión ejercida sobre la cabeza fetal impida el movimiento de extensión de ésta y la desvíe del arco púbico hacia el periné, incrementando así las posibilidades de daño perineal. Al no existir ningún tipo de estudios referentes a esta estrategia ni a la opuesta, es decir, no tocar el periné ni la cabeza durante esta fase del parto, es imposible determinar que estrategia es mejor. La práctica de proteger el periné con las manos es más fácilmente aplicable si la mujer se encuentra en posición supina. Si está en posición vertical, el asistente puede proteger el periné a ciegas, o simplemente seguir la estrategia de "no tocarlo".

Otra técnica encaminada a proteger el periné consiste en masajearlo durante la segunda fase del parto, con el ánimo de dilatar los tejidos. Esta técnica nunca ha sido convenientemente evaluada, pero existen dudas acerca de las ventajas de la aplicación de masajes continuados a tejidos que se encuentran altamente vascularizados y edematosos.

Otras técnicas, también exentas de evidencia suficientes, se refieren a los diversos métodos de liberar los hombros y el abdomen del feto después del nacimiento de la cabeza. No está claro si estas son siempre necesarias y ni si son apropiadas. La Unidad Nacional de Epidemiología Perinatal en Oxford está actualmente haciendo un estudio acerca de los Cuidados del periné en el parto: Manos encima o fuera. El así llamado Estudio HOOP proporcionará datos fiables acerca de los efectos de las diversas técnicas de parir la cabeza y los hombros sobre el periné (McCandlish 1996).

4.7.2 DESGARROS PERINEALES Y EPISIOTOMÍA
Los desgarros perineales ocurren con frecuencia, especialmente en primíparas. Los desgarros de primer grado muchas veces no necesitan ser reparados; los de segundo grado generalmente pueden ser fácilmente suturados bajo anestesia local y cicatrizan sin mayores complicaciones. Los desgarros de tercer grado pueden tener complicaciones más serias y deberían, siempre que fuera posible, ser reparados por un obstetra en un hospital equipado de cara a prevenir incontinencia y/o fístulas fecales.

Las episiotomías se realizan frecuentemente, pero su incidencia varía. En los Estados Unidos, se practican a un 50 a 90% de las primíparas, siendo esta técnica el procedimiento quirúrgico más empleado en este país (Thacker y Banta 1983, Cunningham et al 1989). En muchos centros existen protocolos de "seguridad", como el referente a que toda primípara necesita de una episiotomía. Las matronas holandesas tienen una frecuencia de episiotomías del 24,5 %, el 23,3 % de las cuales son mediolaterales y un 1,2 % de línea media (Pel et Heres 1995). Las episiotomías de línea media son más fácilmente suturables y presentan la ventaja de dejar menos tejido cicatricial, mientras que las mediolaterales evitan con más efectividad el recto y el esfínter anal. Son buenos motivos para practicar una episiotomía durante un parto normal los signos de sufrimiento fetal, un progreso insuficiente del parto o la amenaza de un desgarro de tercer grado (incluyendo desgarros de tercer grado en partos anteriores).

Estas tres indicaciones son válidas, aunque la predicción de un desgarro de tercer grado es muy difícil. La incidencia de estos es de un 0,4 % y el diagnóstico de una amenaza de desgarro de tercer grado sólo debería hacerse ocasionalmente.

En la literatura especializada se mencionan diversas razones, aparte de las anteriormente citadas, para el uso liberal de la episiotomía. Éstas incluyen argumentos como que substituyen una laceración por una incisión quirúrgica limpia, que es más fácil de reparar y cicatriza mejor que un desgarro (Cunningham et al 1989); que el uso de la episiotomía previene un trauma perineal serio; que las episiotomías previenen traumas en la cabeza fetal; o que las episiotomías previenen traumatismos en los músculos del suelo pélvico, y así evitan la aparición de incontinencia urinaria.

Las evidencias que soportan estas supuestas ventajas del uso libre de la episiotomía han sido investigadas en diversos estudios (Sleep et al 1984, Harrison et al 1984, House et al 1986). Los datos de ellos obtenidos no muestran evidencias que apoyen esta política. El uso liberal de la episiotomía se asocia con índices mayores de daño perineal y un menor número de mujeres con el periné intacto. El grupo de mujeres en los que se practicó el uso liberal de episiotomías experimentó un considerable aumento del daño perineal a los 10 días y a los tres meses del parto. No existe evidencia alguna de que la episiotomía ejerza ningún efecto protector sobre la condición fetal. En un estudio de seguimiento a mujeres que habían recibido una episiotomía, tres años después del parto, no se demostró ninguna influencia de ésta sobre la incontinencia urinaria. En un estudio observacional de 56.471 partos atendidos por matronas, se encontró una incidencia de desgarros de tercer grado en mujeres que no habían recibido episiotomía del 0,4%, la misma que con una episiotomia mediolateral. La incidencia con episiotomías de línea media fue del 1,2% (Pel and Heres 1995).

La matrona que realiza episiotomías debe ser capaz de suturarlas correctamente igual que los desgarros. La episiotomía se debe hacer y reparar con anestesia local, y con las máximas precauciones de cara a la prevención del contagio del sida y la hepatitis.

En conclusión, no existe ninguna evidencia plausible de que el uso indiscriminado de la episiotomía tenga efectos beneficiosos, pero sí la hay en lo referente a que ésta pueda producir daños. Durante un parto normal puede aparecer la indicación para su realización, pero se aconseja el uso restringido. El porcentaje de episiotomías del 10%, en el estudio inglés (Sleep et al 1984), sin daño para la madre o el niño, sería un buen objetivo que habría que perseguir.

5. CUIDADOS DURANTE LA TERCERA FASE DEL PARTO


5.1 ANTECEDENTES

Esta es la fase del parto en la que se produce la separación y la expulsión de la placenta. Para la madre el principal riesgo es el de hemorragia durante o después la separación de la placenta, y la retención de la misma. La hemorragia posparto es una de las principales causas de mortalidad materna. La gran mayoría de estos casos se producen en países en desarrollo (Kwast 1991). La incidencia de la hemorragia posparto y de retención de la placenta se incrementa si existen factores que predispongan a ello, como polihidramnios, un embarazo múltiple, un parto complicado estimulado con oxitocina, un parto estacionado o un parto instrumental (Gilbert et al 1987). También ocurren con más frecuencia si estas complicaciones están presentes en la historia obstétrica de la mujer (Doran et al 1955, Hall et al 1987). Por esto y hasta cierto punto, se puede determinar durante el embarazo y el parto qué mujeres tendrán un riesgo más elevado de desarrollar complicaciones en el alumbramiento. Pero incluso en embarazos de bajo riesgo con una primera y segunda fases normales, pueden acontecer las citadas complicaciones. La forma en que se maneje el alumbramiento puede influenciar en la incidencia de estas complicaciones y en la cantidad de pérdida sanguínea. Se han propuesto diversas medidas para intentar prevenir estas complicaciones, que pasamos a discutir.


5.2 USO PROFILÁCTICO DE OXITÓCICOS

Los oxitócicos pueden ser administrados en diversos momentos del alumbramiento. Lo más frecuente es administrarlos intramuscularmente inmediatamente después del nacimiento del hombro anterior, o después del nacimiento del niño. Los fármacos más utilizados son la oxitocina y los derivados del cornezuelo, como la ergometrina, o una combinación de ambos, como la sintometrina (Daley 1951, McGinty 1956, Friedman 1957, Newton et al 1961, Howard et al 1964, Hacker y Biggs 1979, Rooney et al 1985, Prendiville et al 1988, Thornton et al 1988, Bergley 1990). Tanto, la oxitocina como los derivados del cornezuelo, disminuyen la pérdida sanguínea posparto, pero el efecto del cornezuelo parece ser menor que el de la oxitocina. Los efectos sobre una posible retención de placenta no están claros todavía, aunque existen algunos datos que sugieren que el uso rutinario de oxitócicos incrementa el riesgo de retención placentaria.

Entre las complicaciones de los oxitócicos se encuentran náuseas, vómitos, dolor de cabeza e hipertensión posparto. Estas complicaciones ocurren más frecuentemente con el uso de los derivados del cornezuelo. La morbilidad materna se ha visto incrementada aún más con el uso de oxitócicos, especialmente con la ergometrina: paro cardíaco y hemorragia intracerebral, infarto de miocardio, eclampsia posparto y edema pulmonar. Debido a que estos episodios son extraños, los ensayos realizados al azar no pueden proporcionar información útil acerca de hasta qué grado esto puede ser atribuido a los oxitócicos. La evidencia disponible sugiere que la oxitocina es más recomendable que los derivados del cornezuelo. Además en los países tropicales, la oxitocina es más estable que la ergometrina o metilergometrina (Hogerzeil et al 1992, 1994).

Debido a que en muchos países en desarrollo la administración de comprimidos orales resulta fácil y que los comprimidos son más estables que las inyecciones bajo condiciones tropicales, se llevó a cabo un estudio realizado al azar para investigar la influencia de los comprimidos orales de ergometrina administrados tras el nacimiento. El resultado fue decepcionante: comparado con un placebo, la medicación tuvo un mínimo efecto demostrable en la pérdida sanguínea después del nacimiento (Degroot et al 1996).


5.3. TRACCIÓN CONTROLADA DEL CORDÓN

La tracción controlada del cordón conlleva una tracción del cordón, combinada con una contrapresión hacia arriba del cuerpo uterino por una mano ubicada inmediatamente por encima de la sínfisis del pubis. En dos ensayos este procedimiento fue comparado con otros mucho menos activos (Bonham 1963, Kemp 1971). En los grupos de tracción controlada se demostraron expulsiones más cortas con una pérdida media sanguínea menor, pero las pruebas no ofrecen suficientes datos como para garantizar conclusiones definitivas sobre la incidencia de la hemorragia posparto y la expulsión manual de la placenta. En uno de los ensayos se demostró que la tracción controlada producía menores molestias en la mujer. Sin embargo, en un 3% el cordón se rompió durante la tracción. Una extraña pero seria complicación asociada con la tracción controlada del cordón es la inversión uterina. Aunque la complicación puede estar asociada con una aplicación errónea del método, la aparición de ésta sigue siendo un motivo de preocupación. Los estudios mencionados anteriormente recogen algunos datos sobre mujeres en posición supina. La impresión de las matronas que asisten a partos con la mujer en posición vertical es que el alumbramiento de la placenta es más corto y su separación más fácil, aunque la pérdida sanguínea es mayor que en la posición supina. Sin embargo, a parte de la pérdida sanguínea, estos aspectos nos han sido investigados en ensayos al azar. Presumiblemente, la tracción controlada del cordón, tal como se describe en los manuales, se realizaría con más dificultad en la posición vertical.


5.4. MANEJO ACTIVO FRENTE A MANEJO EXPECTANTE DE LA TERCERA FASE DEL PARTO

Los efectos combinados de los oxitócicos y la tracción controlada del cordón son frecuentemente resumidos con el término manejo activo del alumbramiento, en contraposición al manejo expectante o fisiológico. A veces, se incluye también el pinzamiento temprano del cordón, especialmente porque en la tracción controlada es obligatorio el pinzamiento temprano. En la literatura, el manejo activo del alumbramiento se compara favorablemente con el manejo expectante, principalmente porque la hemorragia posparto ocurre con menor frecuencia y los niveles de hemoglobina posparto son mayores (Prendiville et al 1988, Harding et al 1989, Begley 1990, Thigalathan et al 1993). Los resultados con respecto a la frecuencia de transfusiones sanguíneas y alumbramientos manuales de la placenta no fueron idénticos en dos ensayos diferentes realizados en Bristol y Dublín (Prendiville et al 1988, Begley 1990). En ambos ensayos, el manejo activo condujo a una mayor sensación de nausea, vómitos e hipertensión, probablemente producidos por el uso de ergometrina.

La hemorragia posparto es definida por la OMS como una pérdida sanguínea mayor de 500 ml (OMS 1990). El diagnóstico se hace mediante una estimación clínica de la pérdida sanguínea. La estimación de la cantidad de sangre a menudo es infravalorada. Aparentemente, la definición está influenciada por el hecho de que, en buena parte del mundo, 500 ml de pérdida sanguínea (o incluso menos) es una amenaza real para la vida de muchas mujeres, principalmente debido a la alta prevalencia de anemia severa. Si midiésemos meticulosamente la pérdida sanguínea media en un parto vaginal, veríamos que es aproximadamente de 500 ml, y alrededor del 5% de las mujeres dando a luz vaginalmente pierden más de 1.000 ml de sangre (Pritchard et al 1962, Newton 1966, De Leeuw et al 1968, Letsky 1991). En el estudio de Bristol (Prendiville et al 1988), el 18% de las mujeres incluidas en el manejo fisiológico del alumbramiento tuvieron una pérdida sanguínea mayor de 500 ml, y únicamente un 3% perdieron más de un litro.

En una población sana (como es el caso de la mayoría de los países desarrollados) una pérdida sanguínea posparto de hasta 1000 ml puede ser considerada como fisiológica y no necesita otro tratamiento que oxitócicos. Sin embargo, en muchos países en desarrollo se han de aplicar otras reglas. Los 500 ml definidos por la OMS deben ser considerados como una línea de alerta; la línea de acción se alcanza entonces cuando las funciones vitales de la mujer empiezan a estar en peligro. En mujeres sanas esto sólo ocurre generalmente con pérdidas sanguíneas mayores de 1.000 ml. Esta distinción es crucial de cara a minimizar el uso de una transfusión sanguínea innecesaria y sus riesgos asociados, incluyendo infección por el VIH.

No es posible establecer conclusiones definitivas acerca del valor del manejo activo del alumbramiento en poblaciones de bajo riesgo. El término "manejo activo" se usa para una combinación de intervenciones varias con efectos diferentes y secundarios. Todos los estudios de manejo activo frente a expectante fueron realizados en centros hospitalarios donde el manejo activo era la práctica normal. La aparición de complicaciones raras pero serias (complicaciones cardiacas, eclampsia, inversión uterina, etc.) no puede ser estudiada en ensayos al azar, pero resultan sin embargo de gran importancia cuando se recomienda el manejo activo para la mayoría de la población. Existen serias dudas acerca del uso profiláctico de la ergometrina o de combinados de oxitocina y ergometrina, y también acerca de la tracción controlada del cordón como un procedimiento de rutina.

En conclusión la administración de oxitocina inmediatamente después de salir el hombro anterior o después del nacimiento del niño parece ser ventajoso, especialmente en mujeres con riesgo incrementado de hemorragia posparto o en mujeres con anemia severa. Existen dudas acerca de la combinación con la tracción controlada del cordón y su aplicación rutinaria a mujeres sanas de bajo riesgo. La recomendación de esta práctica supondría que las ventajas de este tipo de manejo igualan e incluso superan sus riesgos, incluyendo los inhabituales pero serios riesgos potenciales que pudieran manifestarse en el futuro. En nuestra opinión, es demasiado pronto para recomendar esta forma de manejo activo del alumbramiento en todos los partos normales de bajo riesgo, aunque se deben tomar en consideración las anteriores recomendaciones realizadas por la OMS (1990, 1994c). Si por diferentes razones se utiliza el tratamiento activo, quedan sin resolver muchas cuestiones, especialmente las referentes al momento óptimo para las inyecciones profilácticas de oxitocina.


5.5 MOMENTO DE PINZAR EL CORDÓN

El cordón umbilical se puede pinzar inmediatamente después del nacimiento o un poco más tarde, y esto puede tener consecuencias tanto en la madre como en el recién nacido (Prendiville y Elbourne 1989). Los efectos maternos han sido analizados en diversos estudios (Dunn et al 1966, Botha 1968, Nelson et al 1980). No se encontraron diferencias significativas respecto al momento en que se pinzó el cordón y la aparición de hemorragia posparto o de transfusiones feto-maternas. Los efectos sobre el recién nacido se han estudiado mediante ensayos observacionales y al azar. Existen estudios acerca del momento del pinzamiento del cordón en el neonato (Buckels y Usher 1965, Spears et al 1966, Yao et al 1971, Nelson et al 1980). Si después del nacimiento se coloca al niño al nivel de la vulva o por debajo por un espacio de tiempo superior a tres minutos antes de pinzar el cordón, se produce un intercambio de aproximadamente 80 ml de sangre de la placenta al feto (Yao et al 1971, 1974, Dunn 1985). Los eritrocitos de este volumen sanguíneo serán rápidamente destruidos por hemólisis, lo cual proveerá cerca de 50 mg de hierro a las reservas del neonato y reducirá la frecuencia de anemia ferropénica durante la infancia (Michaelsen et al 1995, Pisacane 1996). Teóricamente esta transfusión sanguínea de la placenta al niño podría causar hipervolemia, policitemia e hiperviscosidad, así como hiperbilirrubinemia. Todos estos efectos han sido analizados en diversos estudios (Prendiville y Elbourne 1989). Niños a los que se les practicó un pinzamiento temprano del cordón tienen valores más bajos de hemoglobina y hematocrito. Con respecto a problemas de tipo respiratorio, no se demostraron diferencias significativas entre los dos grupos. Los niveles de bilirrubina neonatales fueron menores después del pinzamiento temprano, pero no se demostraron diferencias significativas respecto al otro grupo y no existieron tampoco diferencias respecto a la morbilidad neonatal.

El pinzamiento tardío (o incluso el no pinzamiento) es la forma fisiológica de tratar el cordón, mientras que el pinzamiento temprano es una intervención que necesita de una buena justificación. La transfusión de sangre de la placenta al niño, si se realiza el pinzamiento tardío, es un proceso fisiológico, y los efectos adversos son improbables, al menos en casos normales. Después de un embarazo o parto complicado, por ejemplo tras una inmunización de Rh o en un parto prematuro, un pinzamiento tardío puede producir complicaciones, pero en un caso normal debería existir una buena razón para interferir con el proceso natural.

Si se realiza tracción controlada del cordón después de la administración de oxitocina, como es norma en muchos departamentos de obstetricia, es obligatorio realizar un pinzamiento temprano del cordón. Sin embargo, cuando a alguien se le ha educado acerca del pinzamiento tardío del cordón, por ejemplo, después de que hayan cesado las pulsaciones de éste, generalmente después de 3 a 4 minutos, no se han descrito efectos adversos al respecto. Es más, estudios recientes están a favor de un pinzamiento tardío, debido a que puede prevenir anemias ferropénicas en la infancia, lo cual resulta de vital importancia en países en desarrollo (Michaelsen et al 1995, Pisacane 1996). Aunque en la actualidad no hay suficientes evidencias que permitan decidir sobre el pinzamiento tardío o temprano, está claro que este tema merece mayor atención.


5.6 CUIDADOS INMEDIATOS DEL RECIÉN NACIDO

Después del nacimiento ha de prestarse gran atención al recién nacido. Esta atención es parte integral del cuidado del parto, y la OMS reafirma la importancia de adoptar unos cuidados comunes a la madre y a su hijo (WHO 1994c). Los cuidados inmediatos incluyen el asegurarse de que la vía aérea se encuentra libre, tomar medidas para asegurarse de la buena temperatura corporal del recién nacido, pinzar y cortar el cordón, y poner al niño sobre el pecho de la madre tan pronto como sea posible. Cada uno de estos aspectos ha sido objeto de una considerable investigación y debate, pero es el Grupo de Trabajo del Cuidado Esencial del Recién Nacido de la OMS (1996) el que destaca en su actual informe los más relevantes:

  • Inmediatamente después de su nacimiento, el niño ha de ser secado con ropas o toallas calientes, a la vez que se coloca sobre el abdomen materno o en sus brazos. Se examina el estado del niño, a la vez que se asegura que las vías aéreas estén libres. Es importante mantener la temperatura corporal del recién nacido; niños nacidos en habitaciones con bajas temperaturas pueden experimentar descensos marcados de la temperatura corporal y consiguientemente problemas de tipo metabólico. Los descensos de la temperatura corporal del recién nacido pueden evitarse asegurando un contacto directo piel con piel entre éste y la madre.
  • El contacto temprano piel con piel entre la madre y el recién nacido es importante por otras muchas razones. Psicológicamente estimula a la madre y al niño a conocerse el uno al otro. Tras el nacimiento los niños se colonizan con bacterias. Resulta ventajoso que el recién nacido se colonice con las bacterias cutáneas maternas y no por las bacterias de las matronas o asistentes hospitalarios. Todas estas ventajas son difíciles de probar, pero aun así son aceptadas. Hay que animar al amamantamiento temprano, a ser posible en la primera hora posparto (OMS / UNICEF 1989). Se ha de investigar la influencia de la estimulación sobre el pezón por el niño y sus efectos sobre las contracciones uterinas y la pérdida sanguínea posparto. Se ha realizado un estudio al azar (Bullough et al 1989), pero sólo sobre asistentes tradicionales al parto. No se ha podido establecer una influencia entre la succión temprana y la pérdida sanguínea, aunque sería preciso un estudio con asistentes profesionales.
  • El corte del cordón se ha de realizar con instrumentos estériles o desechables. Esto es de vital importancia a la hora de prevenir infecciones.


5.7 CUIDADOS DE LA MADRE INMEDIATAMENTE DESPUÉS DEL ALUMBRAMIENTO DE LA PLACENTA

La placenta se ha de examinar cuidadosamente para detectar anormalidades (infartos, hematomas, inserción anómala del cordón umbilical), pero ante todo para asegurarse de que está completa. Si existe alguna sospecha de que no está completa, habrá que realizar una exploración uterina. Si, por el contrario, las membranas no están completas, dicha exploración uterina no es necesaria. En algunos países se realiza una exploración rutinaria de la cavidad uterina después de cada parto, conocida como revisión uterina. No existe ni la más mínima evidencia de que dicha política sea de alguna utilidad; al contrario, puede producir infecciones o traumatismos mecánicos e incluso shock. Lo mismo se puede decir de las duchas uterinas después del parto. La madre ha de ser observada meticulosamente durante la primera hora posparto. Las observaciones más importantes incluyen la cantidad de pérdida sanguínea y la altura del fondo uterino: si el útero se contrae insuficientemente, se puede acumular sangre en la cavidad uterina. Si la pérdida sanguínea es anormal y el útero apenas se contrae, un fuerte masaje abdominal del útero puede ser beneficioso. Hay que cerciorarse de que la contracción uterina no está siendo inhibida por una vejiga llena. Pérdidas sanguíneas anormales, de más de 500 ml, deben ser tratadas con oxitócicos: ergometrina u oxitocina, intramuscularmente. La condición materna es también importante; la tensión arterial, el pulso, la temperatura y el bienestar general deben ser evaluados.

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Desde www.crianzanatural.com


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2 comentarios

mirna ascencio

25 abr 2009 | 02:03 AM

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no encuentro informacion de los sintomas o signos de desproporcion cefalopelvica

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